Sí, sí. Ya sé que crees que no he ido a Eger, que crees que es un cuento. Pues te lo voy a demostrar, hombre. Y gráficamente, además.
Mira, al día siguiente de llegar, todavía había nieve por la calle. Así es como se ve desde el balcón de mi suegra. Bueno, casi no hay nieve, pero te lo puedes imaginar todo cubierto de blanco, que era como estaba hacía un par de días.
El día 24 vinieron los sobrinos y la cuñada, para eso de los regalos y tal. Yupi, yupi. Mi suegra hizo unas letras con unos sajtos rúd (un postre de barritas con queso). Después Rita y los niños hicieron un Boldog Karácsonyt (Feliz Navidad, en este idioma que hablan por aquí y que tantos quebraderos de cabeza me da) y nos los comimos todo, como animales.
El tiempo seguía mejorando: ya estábamos en seis grados. ¡Qué calor, Dios mío! Por eso el sábado decidimos darnos un garbeo por el centro, en plan excursión turística. Lo cual significó andar, andar, andar,… y ver escaparates. Lógicamente todo cerrado, porque el día 26 también es festivo por aquí: San Esteban.
Bueno, todo, todo, no. Algún que otro bar estaba abierto. Entramos en uno que está en la calle principal. No sé cómo se llama ni el bar ni la calle. Para haber vivido allí un año, también podía haber aprendido algo del sitio, ¿no? “Pos” nada. Le preguntaré después a Rita. El caso es que pedimos los vinitos calientes y unos chips picantes, supuestamente con sabor a tortilla. ¡Qué imaginación tiene la gente aquí! O eso, o sentido del humor. Pero el vino estaba muy rico.
Nos detuvimos a contemplar algunas cosillas de chocolate. ¿A que se te hace la boca agua? Pues hubieras estado allí, como yo.
Continuamos nuestra caminata por las calles bastantes desiertas de Eger. Serían las once y pico cuando volvimos para casa. El sol no parece muy alto en el horizonte, aunque ya va allá medio día.
En fin, mañana volvemos a Budapest.

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